Por Alberto Ramos

El conductismo, como lo plantea B. F. Skinner, no es simplemente una teoría psicológica ni un conjunto de técnicas destinadas a modificar la conducta. Es, ante todo, una filosofía (Skinner, 1974). Es la posición desde la cual se entiende qué es el ser humano, cómo se relaciona con el mundo y bajo qué condiciones podemos conocerlo científicamente. Desde esta perspectiva, la ciencia del comportamiento —el análisis funcional de la conducta— no es el conductismo en sí mismo, sino la consecuencia metodológica de una postura filosófica previa (Skinner, 1953). Antes de intentar comprender el análisis conductual como disciplina científica, es necesario comprender el conductismo como filosofía del conocimiento y como ontología del ser humano.

Lamentablemente, el conductismo ha sido mal entendido y, en muchos casos, mal enseñado. Se le ha reducido a una caricatura: premio y castigo, ratas y palomas, modificación conductual mecánica. Esta simplificación no solo empobrece su legado intelectual, sino que contribuye a su desprestigio académico. Bajo esta lectura reduccionista, el conductismo aparece como una psicología superficial, incapaz de abordar la “profundidad” del ser humano, mientras que otras corrientes —particularmente las llamadas psicologías profundas— se presentan como más sofisticadas por apelar a estructuras internas, inconscientes o simbólicas (Skinner, 1974).

Sin embargo, el conductismo radical es mucho más profundo de lo que suele reconocerse. No se limita a describir contingencias de reforzamiento; propone una manera distinta de concebir al sujeto. Es una filosofía que entiende los procesos básicos de aprendizaje que operan en los organismos y cómo esos procesos configuran repertorios conductuales en interacción constante con el entorno (Skinner, 1953). No se restringe al ser humano, sino que parte de una continuidad entre organismos, reconociendo principios de selección y adaptación que atraviesan distintas formas de vida (Skinner, 1981).

Si se quisiera rescatar lo esencial del conductismo como filosofía, podrían señalarse tres ejes fundamentales: materialismo, determinismo histórico y monismo. Estos tres principios están profundamente interrelacionados y constituyen la base ontológica y epistemológica desde la cual se edifica la ciencia conductual (Baum, 2005).

  1. El materialismo: el ser humano como organismo situado

El primer punto es el materialismo. El materialismo filosófico sostiene que lo que existe es lo material, lo tangible, lo que puede ser abordado desde la interacción con el mundo físico y social. Esto no implica necesariamente una negación dogmática de cualquier dimensión metafísica, sino una afirmación metodológica: nuestro conocimiento solo puede construirse a partir de lo que se manifiesta en el mundo material (Skinner, 1953).

El conductismo adopta esta postura al rechazar entidades explicativas como el alma, la mente entendida como sustancia separada, o el inconsciente como instancia causal autónoma. No porque niegue la experiencia subjetiva, sino porque considera que estas categorías, cuando se utilizan como causas últimas, detienen la investigación. Decir que alguien actúa “porque su inconsciente lo impulsa” no explica funcionalmente la conducta; simplemente desplaza la explicación a otra palabra (Skinner, 1974).

Desde esta perspectiva materialista, el ser humano no es una esencia fija que despliega su naturaleza interna, sino un organismo que existe en un contexto y cuya conducta se configura históricamente a partir de contingencias ambientales (Skinner, 1953). El materialismo conductual, en este sentido, es también histórico: no basta con observar al organismo en el presente, es necesario considerar las condiciones sociales, culturales y familiares que han moldeado su repertorio conductual (Skinner, 1981).

Esta postura tiene implicaciones profundas para la psicología. Si el ser humano no es una esencia interior dañada, sino un organismo cuyas conductas se han configurado en determinadas condiciones materiales, entonces los llamados “problemas mentales” pueden entenderse como interacciones desadaptativas entre el sujeto y su entorno (Skinner, 1974). El malestar no necesariamente reside “dentro” del individuo, sino en la dinámica material en la que se encuentra inserto. Muchas formas de sufrimiento psicológico pueden leerse como efectos de estructuras sociales, prácticas culturales y contingencias históricas que operan sobre el individuo.

En este sentido, la afirmación de que “los problemas psicológicos son problemas sociales que se reflejan individualmente” adquiere coherencia dentro del marco conductual, especialmente si consideramos la selección cultural como tercer nivel de selección (Skinner, 1981). El sufrimiento no surge en el vacío; surge en condiciones concretas.

2. El determinismo histórico: más allá del mecanicismo

El segundo punto fundamental es el determinismo histórico. Aquí es crucial distinguir entre determinismo y mecanicismo. El mecanicismo sostiene que ante un mismo estímulo todos reaccionarán de la misma manera, como si el ser humano fuera una máquina programada con respuestas fijas. Esta interpretación ha sido erróneamente atribuida al conductismo.

Sin embargo, el determinismo conductual no afirma que todos reaccionen igual ante los mismos estímulos, sino que toda conducta tiene causas. Es decir, la conducta no es producto del azar ni de una libertad metafísica desligada de la historia. Está determinada por contingencias previas, por aprendizajes acumulados, por interacciones repetidas (Skinner, 1953; Skinner, 1971).

El ejemplo de la cucaracha es ilustrativo. No todos reaccionan con miedo ante una cucaracha. Un biólogo especializado en insectos puede reaccionar con curiosidad. La diferencia no está en una estructura mental universal ni en un inconsciente colectivo que determine una reacción común. Está en la historia de aprendizaje. Las contingencias pasadas moldean la respuesta presente.

Este determinismo histórico explica la variabilidad humana sin recurrir a entidades mentales profundas. Cada individuo es el resultado singular de una trayectoria única de reforzamientos, castigos, aprendizajes observacionales y prácticas culturales. La conducta es función de esa historia (Baum, 2005).

Al rechazar el mecanicismo, el conductismo también se distancia de visiones que presentan al sujeto como un autómata rígido. Pero al sostener el determinismo, rechaza igualmente la idea de una libertad absoluta desligada de condiciones (Skinner, 1971). El ser humano no es una máquina, pero tampoco es una conciencia pura que actúa independientemente del mundo. Es un organismo históricamente configurado.

3. El monismo: la superación del dualismo mente-cuerpo

El tercer pilar es el monismo. El conductismo radical sostiene que no existen dos sustancias separadas —mente y cuerpo— sino un solo organismo interactuando con su ambiente (Skinner, 1974). El dualismo mente-cuerpo ha fragmentado la comprensión del ser humano al suponer que existe una entidad interna distinta del cuerpo que dirige la conducta.

El monismo conductual afirma que pensamientos y emociones no pertenecen a una sustancia distinta; son formas de conducta, muchas veces privadas, pero conducta al fin (Skinner, 1953). Pensar no es una actividad de una mente separada; es un comportamiento verbal encubierto. Sentir no es la expresión de un alma; es parte del repertorio del organismo en interacción con determinadas condiciones.

Incluso la tendencia contemporánea a explicar la conducta exclusivamente desde el cerebro puede caer en un nuevo reduccionismo si se interpreta al cerebro como causa autónoma desligada del entorno. La explicación fisiológica no sustituye el análisis funcional; describe condiciones necesarias, pero no explica la función de la conducta en su contexto (Skinner, 1953).

El monismo, por tanto, evita tanto el dualismo como el reduccionismo simplista. La unidad de análisis es el organismo en su contexto.

Implicaciones epistemológicas y clínicas

Entender el conductismo como filosofía transforma la manera en que concebimos la psicología y la práctica clínica. No se trata de buscar fuerzas internas ocultas, traumas reprimidos o esencias dañadas. Se trata de analizar relaciones funcionales entre conducta y ambiente (Skinner, 1953).

El sujeto no es un ente aislado que reacciona independientemente del contexto. Es un sujeto situado, moldeado por contingencias históricas, cuyas conductas —incluidos pensamientos y emociones— cumplen funciones específicas en determinados entornos. Una conducta que fue reforzada en un contexto puede ser castigada en otro. Lo que en un ambiente permitió la supervivencia o la aceptación social puede generar malestar en otro distinto.

Desde esta perspectiva, la intervención terapéutica no busca descubrir una verdad interna oculta, sino modificar contingencias, ampliar repertorios y reorganizar ambientes. Modelos contemporáneos como la Terapia de Aceptación y Compromiso (Hayes et al., 2012) o la Terapia Dialéctica Conductual (Linehan, 1993) no son el conductismo en sí mismo, sino desarrollos clínicos que parten de su filosofía contextual.

Por ello es importante insistir: el conductismo no es una técnica, ni una simple rama de la psicología. Es una filosofía del comportamiento (Skinner, 1974). Es una manera de entender al ser humano como organismo histórico, material y situado. Reducirlo a premio y castigo no solo es conceptualmente incorrecto, sino epistemológicamente pobre.

Volver al conductismo como filosofía implica recuperar una concepción del sujeto no como esencia fija ni como conciencia autónoma desligada del mundo, sino como resultado dinámico de interacciones. Implica abandonar explicaciones mentalistas que personalizan el sufrimiento y, en su lugar, analizar condiciones materiales e históricas.

En última instancia, el conductismo ofrece una visión del ser humano profundamente situada: no un individuo aislado, sino un organismo entramado en redes sociales, culturales y ambientales (Skinner, 1981). Entender esto no empobrece la psicología; la radicaliza en el sentido etimológico del término: la lleva a la raíz de las relaciones entre organismo y mundo.

Y es desde esa raíz filosófica que puede construirse una ciencia coherente del comportamiento.

Referencias:

Baum, W. M. (2005). Understanding behaviorism: Behavior, culture, and evolution (2nd ed.). Blackwell.

Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and Commitment Therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). Guilford Press.

Linehan, M. M. (1993). Cognitive-Behavioral Treatment of Borderline Personality Disorder. Guilford Press.

Skinner, B. F. (1953). Science and Human Behavior. Macmillan.

Skinner, B. F. (1971). Beyond Freedom and Dignity. Knopf.

Skinner, B. F. (1974). About Behaviorism. Knopf.

Skinner, B. F. (1981). Selection by consequences. Science, 213(4507), 501–504

Sobre el Autor: 

Alberto Ramos
Monterrey, Nuevo León, México
8114999907
psic.albertoramos@gmail.com

Es Licenciado en Psicología por la UANL y cuenta con Maestría en Ciencias con orientación en Psicología de la Salud, así como formación de posgrado en Psicoterapia Cognitivo-Conductual y en Terapias Contextuales. Cuenta con formación especializada en Terapia Dialéctico Conductual (DBT) y actualización continua en modelos basados en la evidencia.

Es director del Centro AconteSer, donde se dedica a la práctica clínica, la formación de profesionales y el desarrollo de proyectos académicos en análisis funcional y terapias contextuales.

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