Por Hector Salgado
Una de las afirmaciones más provocadoras dentro del análisis conductual es sostener que las emociones son aprendidas. Esta tesis suele generar resistencia inmediata, pues culturalmente tendemos a pensar las emociones como algo esencialmente biológico, espontáneo o incluso “natural” en un sentido inmodificable. Sin embargo, desde una perspectiva conductual, la cuestión no se plantea como una oposición simplista entre biología y aprendizaje, sino como una articulación entre filogenia y ontogenia (Skinner, 1953, 1981).
Es indudable que existe una base biológica: el organismo humano cuenta con sistemas neurofisiológicos que permiten la activación fisiológica, la respuesta de huida, la activación del sistema límbico, cambios hormonales, etc. Esa capacidad de responder emocionalmente forma parte de nuestra historia filogenética (conductas que hemos heredado como especie). Sin embargo, que exista la capacidad no implica que el contenido, el objeto, la intensidad y la función de la emoción estén determinados biológicamente. Ahí es donde entra la historia de aprendizaje (Ontogenia). Como señala Skinner (1953), la biología establece las posibilidades, pero las contingencias ambientales determinan la forma concreta de la conducta.
Desde el conductismo pavloviano, sabemos que un estímulo inicialmente neutro puede adquirir la capacidad de elicitar una respuesta emocional si se asocia repetidamente con otro estímulo significativo (Pavlov, 1927). Un niño que experimenta dolor tras la mordida de un perro puede desarrollar miedo ante la sola presencia del animal. El perro no “trae” el miedo; el perro es un perro, sin embargo, el miedo emerge por la historia de emparejamientos, es decir, el niño ha aprendido a temerle al perro por su historia de vida con los perros (o con un perro en particular). En este sentido, aprendemos a qué temer, qué desear, qué evitar, etc. Este fenómeno fue ilustrado tempranamente por Watson y Rayner (1920) en el caso del “Pequeño Albert”, donde un estímulo neutro adquirió función aversiva por condicionamiento respondiente. En dicho experimento se le ha enseñado de (manera clásica) a Albert a elicitar respuestas de miedo y ansiedad a una rata blanca. Cada vez que el pequeño Albert (a sus 11 meses de edad) trataba de acariciar una rata cuyo pelaje era blanco, se golpeaba una barra de acero con un martillo, creando un ruido fuerte y súbito. Tras repetir esto varias veces, Albert comenzó a llorar al percibir a la rata de pelaje blanco y a mostrar signos de angustia extrema, y uno de los descubrimientos más importantes es que Albert generalizó este miedo a otros estímulos similares (un conejo blanco, un perro, un abrigo de piel de foca, una barba de Santa Claus), descubriendo así que las emociones se aprenden a sentir ante determinados estímulos discriminativos.
Pero el aprendizaje emocional no se limita al condicionamiento respondiente. Las emociones también pueden volverse operantes. Por ejemplo, si al expresar tristeza recibo atención, cuidado o validación, la conducta emocional (llorar, quejarse, retraerse) puede aumentar en probabilidad de aparición. La emoción, entendida como patrón de respuesta, comienza a cumplir funciones en el ambiente social (Skinner, 1953). De este modo, no solo aprendemos a sentir ante ciertos estímulos, sino que aprendemos cuándo, cómo y con qué intensidad expresar lo que sentimos. Como han señalado Hayes, Strosahl y Wilson (1999, 2012), la regulación y expresión emocional están profundamente influidas por contingencias verbales y sociales que moldean la relación del individuo con sus eventos privados.
Los ejemplos cotidianos son ilustrativos. Cuando alguien me da un regalo y me siento feliz, solemos asumir que el objeto “me hizo feliz”. Sin embargo, esa felicidad está mediada por una historia cultural y personal en la que recibir regalos se ha asociado con afecto, reconocimiento o inclusive estatus. Del mismo modo, cuando veo a alguien triste y yo mismo me entristezco, llamamos a eso empatía. Pero incluso esa respuesta “empática” emocional puede entenderse como el resultado de una historia de aprendizaje social en la que ciertas claves contextuales evocan respuestas emocionales aprendidas (Bandura, 1977). La cultura no solo modela qué emociones son apropiadas, sino también cómo deben experimentarse y expresarse (Lazarus, 1991).
Incluso en estudios con primates, donde un grupo muestra conductas de aparente duelo ante un congénere inerte, la pregunta sigue abierta: ¿es puramente instintivo o existe también una historia de aprendizaje social que modula esa respuesta? El hecho de que una conducta aparezca en una especie no implica que no esté modulada por contingencias. Desde el análisis conductual, incluso las respuestas con fuerte base filogenética pueden verse moduladas, mantenidas o suprimidas por las consecuencias ambientales (Skinner, 1981).
La conclusión, entonces, no es que las emociones sean “solo” aprendidas ni que lo biológico sea irrelevante. La conclusión más precisa es que la capacidad emocional es biológica, pero su configuración concreta es aprendida. Aprendemos qué cosas nos hacen felices, qué situaciones nos generan vergüenza, qué pérdidas nos devastan y qué amenazas nos paralizan. Aprendemos incluso a nombrar y organizar nuestras experiencias internas dentro de categorías culturales como “culpa”, “ansiedad” o “amor”, categorías que forman parte de prácticas verbales compartidas (Skinner, 1957).
Sostener que las emociones son aprendidas no reduce su importancia; al contrario, las vuelve analizables, operacionalizables. Si se aprenden, pueden modificarse. Si están bajo control de contingencias, pueden reorganizarse. Esta idea no niega la biología, pero desplaza el foco hacia la historia del individuo en interacción con su entorno, y es en ese desplazamiento en donde radica la potencia clínica y teórica del enfoque conductual.
Referencias
Bandura, A. (1977). Social learning theory. Prentice Hall.
Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (1999). Acceptance and commitment therapy: An experiential approach to behavior change. Guilford Press.
Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and commitment therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). Guilford Press.
Lazarus, R. S. (1991). Emotion and adaptation. Oxford University Press.
Pavlov, I. P. (1927). Conditioned reflexes. Oxford University Press.
Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan.
Skinner, B. F. (1957). Verbal behavior. Appleton-Century-Crofts.
Skinner, B. F. (1981). Selection by consequences. Science, 213(4507), 501–504.
Watson, J. B., & Rayner, R. (1920). Conditioned emotional reactions. Journal of Experimental Psychology, 3(1), 1–14.
Datos de contacto
Hector Enrique Salgado Almaguer
Cel: 8116822013
Centro Psicológico AconteSer

Licenciado en psicología por la UANL, egresado de la maestría en Ciencias con Orientación en Psicología de la Salud.
Doctorante en ciencias de la educación por el Consorcio Educativo Internacional Warden A.C.
Actualmente cursando diversas formaciones en conductismo radical.
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