En los últimos años se ha vuelto cada vez más común escuchar recomendaciones como: “si te sientes deprimido, haz ejercicio”. La frase aparece en redes sociales, en conversaciones cotidianas e incluso en algunos espacios clínicos. A primera vista, parece una sugerencia razonable: el ejercicio tiene beneficios ampliamente documentados para la salud física y mental. Sin embargo, cuando se presenta como una solución suficiente —o incluso como “la cura”— para la depresión, deja de ser una recomendación útil y se convierte en una simplificación problemática.
Es importante reconocer que, en muchos casos, este tipo de mensajes no parten de una mala intención. Quienes los emiten suelen querer ayudar. El problema no está en promover el ejercicio, sino en reducir la complejidad de la depresión a una sola conducta.
La evidencia científica respalda que la actividad física puede contribuir a la disminución de síntomas depresivos (Schuch et al., 2016). No obstante, esto no implica que funcione de la misma manera para todas las personas, ni que sea suficiente por sí sola para producir cambios significativos y sostenidos. Cuando se convierte en una recomendación universal, pierde de vista algo fundamental: la depresión no es un problema uniforme.
Desde una perspectiva conductual contextual, la depresión puede entenderse como el resultado de múltiples procesos interrelacionados. Entre ellos se encuentran la disminución del contacto con fuentes de reforzamiento positivo, el aumento de conductas de evitación, el aislamiento social, la presencia de patrones de pensamiento autocrítico y la persistencia de estados emocionales dolorosos (Martell, Dimidjian, & Herman-Dunn, 2010). En este sentido, no se trata de un déficit específico —como “falta de ejercicio”—, sino de una desconexión progresiva de experiencias que aportan sentido, placer o valor a la vida de la persona.
Es precisamente en este punto donde la Activación Conductual (AC) ofrece una alternativa sólida y basada en evidencia. Este enfoque terapéutico ha demostrado ser eficaz en el tratamiento de la depresión (Dimidjian et al., 2006; Ekers et al., 2014), y se centra en un principio fundamental: incrementar el contacto del individuo con fuentes de reforzamiento que sean significativas en su contexto.
Esto implica un cambio importante en la forma de entender el problema. El objetivo no es simplemente “hacer más cosas” ni adoptar conductas consideradas universalmente saludables, sino reconectar con actividades que tengan valor personal. Desde esta perspectiva, el ejercicio puede ser útil, pero no ocupa un lugar privilegiado ni obligatorio dentro del tratamiento.
De hecho, las actividades relevantes pueden ser muy distintas entre una persona y otra. Para alguien, puede ser retomar un pasatiempo abandonado; para otra persona, llamar a un ser querido; para alguien más, salir de casa por unos minutos o completar tareas básicas de autocuidado. Todas estas acciones pueden funcionar como fuentes de reforzamiento ambiental y contribuir a la reconstrucción de repertorios conductuales (Jacobson et al., 2001).
Algunos autores han descrito estas actividades como “vitaminas conductuales”: pequeñas acciones que, acumuladas en el tiempo, ayudan a restablecer el contacto con experiencias significativas. La clave no está en la actividad en sí misma, sino en su función dentro del contexto de la persona.
En este punto, se vuelve evidente uno de los principales riesgos de las recomendaciones generalizadas. Cuando se prescribe el ejercicio como solución universal, se ignoran dos aspectos fundamentales: la historia individual de aprendizaje y el contexto actual del individuo.
No todas las personas experimentan el ejercicio como algo reforzante. Para algunas, puede estar asociado con experiencias de fracaso, vergüenza, comparación social o exigencia excesiva. En estos casos, lejos de facilitar el cambio, la recomendación puede activar patrones de evitación o aumentar la autocrítica.
Además, en episodios depresivos más severos, incluso actividades que parecen simples desde fuera pueden resultar extremadamente demandantes. Levantarse de la cama, ducharse o cambiarse de ropa pueden representar esfuerzos significativos. Ignorar esta realidad y proponer metas demasiado exigentes puede generar un efecto contrario al esperado: en lugar de promover la activación, se refuerza la sensación de incapacidad.
Aquí es donde los principios del análisis de la conducta ofrecen una guía especialmente valiosa. El trabajo de B. F. Skinner mostró que las conductas complejas no aparecen de forma repentina, sino que se desarrollan gradualmente a través del proceso de moldeamiento (shaping), es decir, el reforzamiento de aproximaciones sucesivas hacia una conducta objetivo (Skinner, 1953).
Aplicado al contexto clínico, esto implica que no se puede esperar que una persona pase directamente de la inactividad a realizar ejercicio estructurado. Antes de eso, es necesario trabajar con conductas más simples que funcionen como pasos intermedios dentro de una cadena conductual más amplia.
Por ejemplo, levantarse de la cama, asearse o salir de la habitación no son acciones menores en el contexto de la depresión. Son, en muchos casos, logros significativos que deben ser reconocidos y reforzados. A medida que estas conductas se consolidan, se pueden introducir progresivamente otras más complejas, como salir a caminar, retomar actividades sociales o incorporar rutinas más estructuradas.
Este proceso gradual no solo es más realista, sino también más efectivo. Al ajustar las demandas al repertorio actual de la persona, se incrementa la probabilidad de éxito y se reduce el riesgo de evitación. Tal como señalan propuestas contemporáneas en análisis funcional aplicado, el cambio sostenible ocurre cuando las intervenciones se alinean con el nivel actual del individuo (Froxán, 2011).
Lejos de ser un enfoque “básico” o “limitado”, el moldeamiento permite construir cambios profundos y duraderos. En lugar de imponer metas externas, se trata de acompañar un proceso de reconstrucción progresiva del repertorio conductual.
Este énfasis en la individualización es, de hecho, uno de los pilares más importantes de la Activación Conductual. Las actividades no se seleccionan en función de lo que debería ser valioso según estándares generales, sino en función de lo que realmente importa para la persona.
Esto implica un cambio de lógica: pasar de una perspectiva normativa —centrada en lo que “se supone” que alguien debería hacer— a una perspectiva contextual y basada en valores. El objetivo no es cumplir con una lista de hábitos ideales, sino construir una vida que resulte significativa.
En este sentido, la pregunta relevante deja de ser “¿estás haciendo ejercicio?” y pasa a ser “¿qué actividades te conectan con lo que es importante para ti?”.
El ejercicio puede ser una de esas actividades. Pero también puede no serlo. Y en ambos casos, la intervención puede ser igualmente válida si logra aumentar el contacto con reforzadores relevantes y reducir los patrones de evitación.
En conclusión, el problema no es recomendar ejercicio, sino presentarlo como una solución universal para la depresión. La evidencia es clara al mostrar que el cambio conductual efectivo no depende de una única conducta, sino de la reconstrucción progresiva de un repertorio que permita a la persona reconectar con su entorno y con aquello que da sentido a su vida.
La Activación Conductual no consiste en moverse más, sino en volver a entrar en contacto con la vida. Y ese proceso, en muchos casos, comienza no con grandes cambios, sino con los pasos más pequeños.
Axel Alejandro Esquinca Trujillo
Referencias
Dimidjian, S., Hollon, S. D., Dobson, K. S., Schmaling, K. B., Kohlenberg, R. J., Addis, M. E., … Jacobson, N. S. (2006).
Randomized trial of behavioral activation, cognitive therapy, and antidepressant medication in the acute treatment of adults with major depression. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 74(4), 658–670. https://doi.org/10.1037/0022-006X.74.4.658
Ekers, D., Webster, L., Van Straten, A., Cuijpers, P., Richards, D., & Gilbody, S. (2014).
Behavioural activation for depression; an update of meta-analysis of effectiveness and sub group analysis. PLoS ONE, 9(6), e100100. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0100100
Froxán, M. X. (2011).
Análisis funcional de la conducta: Concepto y aplicaciones. Madrid: Pirámide.
Jacobson, N. S., Martell, C. R., & Dimidjian, S. (2001).
Behavioral activation treatment for depression: Returning to contextual roots. Clinical Psychology: Science and Practice, 8(3), 255–270. https://doi.org/10.1093/clipsy.8.3.255
Martell, C. R., Dimidjian, S., & Herman-Dunn, R. (2010).
Behavioral activation for depression: A clinician’s guide. New York: Guilford Press.
Schuch, F. B., Vancampfort, D., Richards, J., Rosenbaum, S., Ward, P. B., & Stubbs, B. (2016).
Exercise as a treatment for depression: A meta-analysis adjusting for publication bias. Journal of Psychiatric Research, 77, 42–51. https://doi.org/10.1016/j.jpsychires.2016.02.023
Skinner, B. F. (1953).
Science and human behavior. New York: Macmillan.
Sobre el Autor
Axel Alejandro Esquinca Trujillo
Tuxtla Gutierrez, Chiapas, México
9613663526
Instagram: psic_aesquinca

Es licenciado en Psicología por el sistema incorporado a la UNAM y egresado en la maestría en Terapia Cognitivo Conductual por el Centro de Psicoterapia Cognitiva (CPC).
Actualmente, cursa el Entrenamiento Intensivo en Terapia Dialéctico Conductual (DBT) impartido por DBT Iberoamérica. Además, cuenta con diversas formaciones en educación continua en terapias conductuales y contextuales, ofrecidas por instituciones como Itaca Formación, Contacto Contextual y el Instituto de Terapias Conductuales y Contextuales (ITECOC), entre otras.
Se dedica principalmente a la práctica de la psicoterapia y a la docencia.
Leave a comment