En la explicación cotidiana del comportamiento humano, las emociones suelen ocupar el lugar de causas internas: “huí porque tenía miedo”, “grité porque estaba enojado”, “no fui porque me dio ansiedad”. Este modo de hablar, profundamente arraigado en el sentido común, ha sido también incorporado —de manera explícita o implícita— en múltiples modelos psicológicos. Sin embargo, desde el conductismo radical, particularmente en la obra de B. F. Skinner, esta forma de explicación es considerada conceptualmente problemática y clínicamente limitante. En su capítulo “Emoción” de Ciencia y conducta humana, Skinner propone una tesis provocadora: las emociones no son causas del comportamiento, sino formas de describir relaciones funcionales entre el organismo y su ambiente.

Skinner critica directamente la tendencia a tratar las emociones como entidades internas que “producen” conducta. Señala que expresiones como “escapamos por miedo” o “agredimos por ira” introducen lo que denomina causas ficticias: constructos que no son observables ni manipulables directamente, pero que se utilizan para dar una apariencia de explicación científica. En lugar de aclarar el fenómeno, este tipo de explicación lo oscurece, pues simplemente reetiqueta la conducta con un término emocional sin identificar las variables que la controlan.

Desde esta perspectiva, el decir que alguien evita una situación “por ansiedad” no añade información funcional relevante; más bien, sustituye el análisis de contingencias por una inferencia circular. La emoción se deduce de la conducta (evitar) y luego se utiliza para explicarla, generando un razonamiento tautológico.

Este problema ha sido ampliamente discutido en la tradición conductual contemporánea. Autores dentro del análisis de la conducta han señalado que las explicaciones mentalistas tienden a desplazar la búsqueda de variables ambientales e históricas que sí son susceptibles de intervención

Y aquí viene un punto importante pues lejos de negar la existencia de fenómenos emocionales, Skinner propone redefinirlos. En lugar de concebir las emociones como causas internas, sugiere entenderlas como etiquetas que describen patrones de interacción entre el organismo y su entorno. Es decir, hablar de “miedo” equivale a describir un conjunto de disposiciones conductuales (evitación, escape, activación fisiológica) en relación con ciertos estímulos y antecedentes históricos.

En este sentido, las emociones no son entidades independientes, sino formas de clasificar la conducta en función de las condiciones que afectan su probabilidad. Como señala Skinner, términos como “temeroso” o “iracundo” permiten describir cómo varía la conducta en determinadas circunstancias, sin necesidad de postular estados internos como causas.

Esta postura se alinea con desarrollos más recientes en psicología científica. Por ejemplo, enfoques constructivistas contemporáneos sostienen que las emociones no son categorías naturales discretas, sino procesos complejos que emergen de múltiples variables biológicas, contextuales y culturales. Aunque difieren en marco teórico, ambos coinciden en rechazar explicaciones simplistas basadas en entidades internas aisladas.

Implicaciones clínicas

Ahora, estas no son ideas que se mencionan azarosamente, y es que adoptar la idea de que las emociones no son causas tiene implicaciones profundas para la práctica clínica.

1. Cambio del foco explicativo: En lugar de preguntar “¿qué emoción está causando este problema?”, el análisis funcional orienta a preguntas como: ¿en qué contextos ocurre la conducta?, ¿qué consecuencias la mantienen?, ¿qué historia de aprendizaje la ha moldeado? Este cambio desplaza la atención de entidades internas hipotéticas hacia variables observables y modificables.

Por ejemplo, en un caso de evitación social, en lugar de intervenir directamente sobre la “ansiedad” como causa, el clínico puede analizar las contingencias que refuerzan la evitación (alivio inmediato, reducción de exposición aversiva) y diseñar intervenciones que alteren dichas contingencias.

2. Reducción del reificacionismo: Un error común en clínica es la reificación de las emociones: tratarlas como cosas que una persona “tiene” y que deben ser eliminadas. Esta perspectiva puede llevar a una agenda de control emocional rígida, donde el objetivo terapéutico se centra exclusivamente en reducir o suprimir experiencias internas.

Sin embargo, si las emociones no son causas sino descripciones de relaciones funcionales, entonces intentar eliminarlas como si fueran entidades independientes puede resultar ineficaz o incluso contraproducente. En lugar de ello, enfoques contemporáneos como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) enfatizan la relación que la persona establece con sus eventos privados, más que su eliminación.

3. Intervenciones más precisas: Al centrarse en variables funcionales, la intervención se vuelve más específica. En vez de técnicas generales para “manejar la emoción”, el terapeuta puede diseñar estrategias dirigidas a modificar antecedentes, consecuencias o repertorios conductuales específicos.

Esto no implica ignorar la experiencia subjetiva del paciente, pues como bien sabemos desde el conductismo radical, los eventos privados (pensamientos, sensaciones, emociones) son considerados conducta, pero su análisis se realiza en términos funcionales y no como causas autónomas.

Errores comunes derivados de la visión emocional como causa

Con todo lo previamente expues, pueden identificarse varios errores frecuentes en la práctica clínica y en la divulgación psicológica:

1. Circularidad explicativa: Como se mencionó, explicar la conducta por la emoción que se infiere de esa misma conducta genera un círculo lógico. Este error impide avanzar hacia explicaciones funcionales más útiles.

2. Sobregeneralización: El uso indiscriminado de etiquetas emocionales puede llevar a perder de vista la especificidad del comportamiento. Dos personas pueden describirse como “ansiosas”, pero sus patrones conductuales, antecedentes y consecuencias pueden ser radicalmente distintos.

3. Externalización del control: Cuando se conceptualiza la emoción como causa, el control del comportamiento parece residir en una entidad interna poco accesible. Esto puede generar en el paciente una sensación de falta de agencia (“no puedo hacer nada porque mi ansiedad me controla”), lo cual puede interferir con el cambio terapéutico.

4. Intervenciones centradas en síntomas: La focalización exclusiva en reducir emociones puede descuidar variables contextuales clave. Esto puede llevar a intervenciones superficiales que no modifican las contingencias que mantienen el problema.

Hacia una conceptualización más útil

Contrario a lo que muchos creen, reconocer que las emociones no son causas no implica negar su relevancia, sino reubicarlas dentro de un marco analítico más preciso. Desde esta perspectiva, las emociones forman parte de sistemas complejos de interacción entre el organismo y el ambiente, y su valor clínico radica en lo que indican sobre dichas relaciones.

Este enfoque permite integrar la experiencia subjetiva dentro de un análisis científico sin recurrir a explicaciones mentalistas. Además, favorece intervenciones más efectivas al centrarse en variables modificables.

En última instancia, la propuesta de Skinner invita a un cambio conceptual que sigue siendo vigente: abandonar explicaciones intuitivas pero poco operativas, y adoptar un análisis funcional que permita comprender y modificar el comportamiento de manera más precisa. En un contexto clínico, esto no solo mejora la claridad teórica, sino que amplía las posibilidades de intervención, alejándose de la simple eliminación de síntomas hacia la construcción de repertorios conductuales más flexibles y adaptativos.

Axel Alejandro Esquinca Trujillo

Referencias

Gonzáles-Arias, M. (2023). Evolución del concepto de emoción en el contexto científico: Desde la biología y la cultura, hasta el construccionismo psicológico. Revista Latinoamericana de Psicología.

Skinner, B. F. (1953/1971). Ciencia y conducta humana. Barcelona: Fontanella.

Skinner, B. F. (1957). Verbal behavior. New York: Appleton-Century-Crofts.

Pérez-Álvarez, M. (2018). La psicología como ciencia de la conducta: una introducción al conductismo radical. Madrid: Biblioteca Nueva.

Ribes-Iñesta, E. (2000). Teoría de la conducta: avances y perspectivas. México: Trillas.

Zuriff, G. E. (1985). Behaviorism: A conceptual reconstruction. New York: Columbia University Press.

Datos de contacto

Axel Alejandro Esquinca Trujillo

Tuxtla Gutierrez, Chiapas, México

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Instagram: psic_aesquinca

Es licenciado en Psicología por el sistema incorporado a la UNAM y egresado en la maestría en Terapia Cognitivo Conductual por el Centro de Psicoterapia Cognitiva (CPC). 

Actualmente, cursa el Entrenamiento Intensivo en Terapia Dialéctico Conductual (DBT) impartido por DBT Iberoamérica. Además, cuenta con diversas formaciones en educación continua en terapias conductuales y contextuales, ofrecidas por instituciones como Itaca Formación, Contacto Contextual y el Instituto de Terapias Conductuales y Contextuales (ITECOC), entre otras. 

Se dedica principalmente a la práctica de la psicoterapia y a la docencia.

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