La interrogante sobre la naturaleza del “yo”, el “self” o la identidad personal ha constituido uno de los ejes centrales de la filosofía y la psicología a lo largo de la historia humana. Continuando con nuestra exploración previa sobre la naturaleza de las emociones, es importante abordar uno de los conceptos más potente y radical de nuestra disciplina: la desmitificación del “yo” como una entidad interna y su reconceptualización como un fenómeno puramente conductual.

Históricamente, las aproximaciones dualistas y mentalistas han concebido al “yo” como un agente interno, un “homúnculo” que reside dentro del organismo y que dicta o causa la conducta manifiesta. Desde la perspectiva del conductismo radical, esta conceptualización representa una ficción explicativa que detiene el análisis científico, puesto que atribuir la conducta a un agente interno no resuelve el problema causal, sino que simplemente lo traslada a una dimensión inobservable (Skinner, 1953).

En lugar de asumir que el “yo” es una causa ontológica, el análisis funcional lo aborda como una variable dependiente: un conjunto intrincado de respuestas verbales y no verbales que han sido moldeadas y mantenidas por las contingencias de reforzamiento de una comunidad socio-verbal específica (Skinner, 1953). Por tanto, la experiencia de “ser alguien” no es un punto de partida biológico o espiritual, sino el producto de un complejo proceso de aprendizaje interactivo y social.

El “Yo” como Sistema Organizado de Respuestas

Dentro del análisis de la conducta, atribuir la responsabilidad de una acción a un “yo” iniciador es un vestigio del animismo primitivo (Skinner, 1953). Cuando las variables externas que controlan una conducta no son fácilmente identificables debido a su sutileza o a que residen en la historia pasada del individuo, existe una profunda tendencia cultural a postular un “yo” que origina la acción. Sin embargo, la investigación empírica demuestra que el organismo es el lugar físico y temporal donde convergen múltiples variables genéticas y ambientales para producir un comportamiento determinado (Skinner, 1953).

En este contexto, una “autoimagen” o “yo” se define operacionalmente como un sistema de respuestas funcionalmente unificado que está organizado alrededor de un estímulo discriminativo específico, un estado de privación o una clase de reforzadores (Skinner, 1953). Bajo esta definición, es empírica y lógicamente coherente afirmar que un mismo individuo posee múltiples “yoes” o personalidades en función de su entorno. Probablemente los lectores del presente artículo puedan recordar a alguien en particular o a ustedes mismos comportándose ligeramente diferente en distintos escenarios sociales, ya sea en contextos con su pareja, con amistades, con familia, etc. El repertorio de conductas que un individuo exhibe en el seno de su familia está bajo el control de contingencias muy distintas a las que operan en su entorno profesional o de amistades. Estas “personalidades” coexisten dentro del mismo organismo biológico, y su manifestación depende exclusivamente del contexto ambiental que evoca un sistema de respuestas particular en un momento dado (Skinner, 1953).

Para esclarecer las divergencias epistemológicas fundamentales entre las concepciones tradicionales y la visión científica contemporánea, resulta útil estructurar las dimensiones clave del “self” desde ambas posturas.

La Comunidad Verbal y la Construcción Lingüística del Self

La pregunta fundamental sobre cómo un organismo biológico llega a adquirir “conciencia” de sí mismo encuentra su respuesta definitiva en el análisis funcional del lenguaje. Un organismo interactúa con su entorno físico de manera directa y fluida, pero no posee una tendencia innata a observarse a sí mismo, a describir sus propios estados internos o a desarrollar una narrativa de identidad. El autoconocimiento es, paradójicamente, un producto estrictamente social y extrínseco. Es la comunidad verbal la que, a través de sus constantes interrogantes y exigencias, obliga al individuo a discriminar su propio comportamiento: “¿Qué estás haciendo?”, “¿Cómo te sientes?”, “¿Por qué hiciste eso?” (Skinner, 1957).

La construcción de la subjetividad y del “yo” lingüístico depende en gran medida de la enseñanza de un tipo específico de operante verbal que Skinner llamó el “tacto”. El tacto es una respuesta verbal evocada por un estímulo discriminativo particular y mantenida por un reforzamiento generalizado proporcionado por la comunidad (Skinner, 1957). Un ejemplo de tacto podría ser describir cómo se siente un dolor de estómago, dicho dolor es el estímulo discriminativo, seguido de respuestas verbales (“me duele la panza”) seguido de un reforzamiento generalizado proporcionado por la comunidad verbal (Le dan atención al niño o lo llevan a consultar). No obstante, enseñar a un niño a tactar sus propios estímulos privados, tales como el dolor, la tristeza o la alegría, representa un desafío epistemológico mayúsculo para la comunidad verbal, puesto que los cuidadores no tienen acceso directo a la estimulación privada que ocurre bajo la piel del infante.

Para superar esta barrera de accesibilidad, la comunidad verbal utiliza diversas vías indirectas para moldear las respuestas de autoconocimiento.

Dado que la comunidad debe basarse inevitablemente en inferencias derivadas de fenómenos públicos para enseñar el vocabulario del mundo privado, las contingencias que establecen el autoconocimiento son, por naturaleza, defectuosas o imprecisas (Skinner, 1957). Si la comunidad es negligente, errática, excesivamente castigadora o simplemente ciega ante las señales no verbales del individuo, el sujeto jamás aprenderá a discriminar adecuadamente sus propios estados emocionales. La profunda ignorancia de sí mismo o la confusión relacionada a la identidad propia que exhiben innumerables consultantes es el resultado directo de una historia de aprendizaje donde la comunidad verbal falló en moldear la auto observación. Sin el reforzamiento social sistemático y validante para la autodescripción, el individuo desarrolla una nula discriminación adecuada ante sus propios eventos privados (Skinner, 1957).

El Autoclítico y la Afirmación de la Agencia Subjetiva

La complejidad de la conducta verbal humana no se agota en la emisión de tactos básicos. A medida que el repertorio verbal madura y se diversifica, una parte de la conducta del individuo se convierte en la variable que altera, califica o controla otra parte de su propia conducta. A este fenómeno de autoedición lingüística se le denomina “conducta autoclítica” (Skinner, 1957).

Respuestas verbales cotidianas como “Yo creo”, “Me parece”, “Dudo que” o “Yo observo” funcionan como autoclíticos descriptivos. Su función principal no es describir el mundo externo, sino describir la fuerza, la naturaleza o el estado de la respuesta verbal que las acompaña, informando al oyente sobre la disposición del hablante. Al articular una frase como “Yo creo que lloverá”, el hablante está modificando la reacción del oyente, indicando que la proposición “lloverá” no posee una fuerza empírica absoluta y se fundamenta en una estimulación parcial (Skinner, 1957).

La constante manipulación de la propia conducta verbal a través de los autoclíticos crea el espejismo de la “agencia”. Cuando un individuo emite autoclíticos, está reaccionando íntimamente a su propia historia de reforzamiento y a la probabilidad de sus propias respuestas. El “yo” gramatical y narrativo se solidifica gradualmente gracias a esta incesante autoedición y autoobservación lingüística que el sujeto realiza constantemente, empujado por la presión de una comunidad que exige coherencia, intencionalidad e inteligibilidad (Skinner, 1957).

La Emergencia Funcional del “Yo” y el Locus de Perspectiva

La fundamentación teórica del desarrollo del “yo” desde el conductismo radical encontró una de sus traducciones clínicas más precisas en los postulados de la Psicoterapia Analítica Funcional (FAP). En este refinado marco contextual, el reporte verbal “Yo” no emerge espontáneamente ni en una dimensión de naturaleza dualista, sino que se desarrolla lenta y progresivamente como una unidad funcional independiente, abstraída a partir del aprendizaje de expresiones verbales más largas en las que se inserta dicha palabra (Kohlenberg & Tsai, 1991).

En la ontogenia del lenguaje, un infante aprende inicialmente frases completas —tales como “yo-quiero-agua”, “yo-veo-un-perro” o “yo-tengo-frío”— como unidades molares, funcionando operantemente como tactos o mandos complejos. Con la exposición repetida a una vasta variabilidad del lenguaje, el elemento verbal constante en todas estas expresiones (“yo”) se abstrae y emerge como una respuesta bajo el control de un estímulo privado, desde donde ocurren ininterrumpidamente todas las interacciones de ese organismo con el ambiente (Kohlenberg & Tsai, 1991).

La experiencia de tener una identidad continua, o de albergar un “yo” esencial que es testigo de cambios externos e internos, se explica operantemente como un auto-tacto ligado al lugar invariable en el que ocurre el ver, el querer y el sentir a lo largo de toda la trayectoria vital del individuo (Kohlenberg & Tsai, 1991). Cuando este proceso de abstracción se adquiere bajo contingencias adecuadas, la persona posee un sentido del “yo” cohesionado y reforzado continuamente por la comunidad verbal en la cual se refuerzan muchos “yoes”.

El Entorno Invalidante y la Fractura de la Identidad (DBT)

Un entorno invalidante se caracteriza de manera inexorable por responder de forma inapropiada, errática, punitiva o extrema a la comunicación de las experiencias privadas y preferencias del individuo. En este tipo de ambiente, la expresión de las emociones o la formulación de descripciones de eventos internos es castigada sistemáticamente, trivializada, o atribuida a rasgos de personalidad socialmente inaceptables (Linehan, 1993). Por ejemplo, cuando un niño expresa tristeza y el entorno responde con prescripciones como “estás exagerando”, “no tienes motivos para llorar” o “deja de manipular”, el entorno está castigando severamente el tacto del evento privado, impidiendo de forma activa que el individuo adquiera un repertorio de etiquetado emocional preciso y confiable.

Consecuencias de la Invalidación: Autoinvalidación y Vacuidad

La presión ambiental constante para inhibir la expresión emocional produce un gradual condicionamiento clásico aversivo en la construcción fenomenológica del “yo”. En primer lugar, la persona no logra aprender a confiar en sus propias percepciones, valoraciones y respuestas emocionales. Si la comunidad verbal insiste sistemáticamente en que la experiencia privada del individuo es incorrecta, ilegítima o patológica, la persona debe, por mera definición de los principios del aprendizaje, comenzar a dudar sistemáticamente de su propia fenomenología. Este es el origen conductual de la autoinvalidación: la adopción e internalización profunda por parte del paciente de las características punitivas del entorno hacia sí mismo. Esto conduce invariablemente a un odio autodirigido extremo y, con frecuencia, a conductas suicidas o parasuicidas como forma de autopunición o de erradicación del malestar (Linehan, 1993).

En segundo lugar, la profunda incapacidad de discriminar con precisión los estímulos privados genera la característica “desregulación del sentido del yo” o difusión de la identidad inherente al TLP (Linehan, 1993). Sin una base sólida y confiable de autoconocimiento moldeada por el refuerzo social empático, el paciente relata una experiencia fenomenológica de vacuidad crónica, de ser un camaleón o de una total inexistencia identitaria. Para poder saber “cómo debe ser, qué debe pensar o cómo debe sentir”, la persona se ve obligada a escanear de manera hipervigilante el ambiente externo buscando pistas conductuales. Esto explica con total claridad la excesiva dependencia interpersonal de estos consultantes y las respuestas emocionales de intensidad elevada cuando las relaciones significativas, que operan como su única brújula identitaria, amenazan con disolverse (Linehan, 1993).

Terapias Contextuales de Tercera Generación y la Trascendencia del Yo

A partir de las profundas raíces del conductismo radical se ha gestado una de las revoluciones paradigmáticas más importantes de la psicología clínica contemporánea: las terapias de conducta de tercera generación o terapias contextuales (Pérez-Álvarez, 2014). Entre estas destacan la propia DBT, la FAP y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Lo que cohesiona teóricamente a estos diversos modelos es la filosofía del contextualismo funcional, una extensión ontológica y epistemológica de los preceptos skinnerianos. Este marco asume que la intervención clínica no debe centrarse en alterar mecanicistamente la topografía o el contenido literal de los eventos privados, sino en transformar radicalmente las funciones que dicho comportamiento tiene en el contexto vital del consultante (Pérez-Álvarez, 2014).

El “yo” no es un pronombre meramente descriptivo, ni una esencia biológica predeterminada, ni una estructura psíquica averiada a la espera de ser reparada mecánicamente. El “yo” es la identidad personal operando en acto; el “yo” es pura perspectiva, acción situada y construcción narrativa forjada en contingencias (Pérez-Álvarez, 2014).

La Integración Dialéctica y la Observación del Self

La intervención efectiva de la desregulación profunda de la identidad requiere de una reestructuración fundamental de la interacción terapéutica y de la relación del paciente con sus propios eventos privados. En la DBT, la posición central del terapeuta se fundamenta en un marco filosófico estrictamente dialéctico: la conciliación incesante entre la aceptación compasiva y radical de la persona exactamente tal cual es en este momento de profundo sufrimiento, combinado con técnicas de cambio hacia patrones conductuales que permitan construir una vida que valga la pena ser vivida (Linehan, 1993).

A través del entrenamiento en observar y describir, el paciente aprende a separar su identidad del torrente de eventos privados. Observar y describir son, en su esencia operante, conductas intraverbales y tactos que requieren la capacidad de distanciarse de la reactividad emocional. El individuo borderline aprende a contemplar su propio flujo de pensamientos y sensaciones corporales sin exigirles que desaparezcan y sin que la mera presencia de un pensamiento hostil o auto invalidante desencadene de forma automática una cascada de conductas autolesivas. Esta práctica promueve experimentalmente lo que el conductismo radical define como el pináculo del “autoconocimiento”: el individuo afina la discriminación de sus eventos privados de manera fenomenológicamente precisa y rigurosamente no valorativa, rompiendo los letales encadenamientos verbales producidos por el entorno invalidante original (Linehan, 1993).

En paralelo, enfoques como ACT y FAP consolidan activamente el desarrollo de lo que se denomina el “Yo-como-Contexto” o del “yo como perspectiva” (Pérez-Álvarez, 2014). Al entrenar clínicamente al paciente para que logre rastrear y habitar la perspectiva desde la cual observa todas sus vivencias internas —los pensamientos que van y vienen, las emociones que fluctúan y se disipan—, se consolida finalmente ese hábito de observación constante del cual hablan Kohlenberg y Tsai (1991). La persona logra de este modo dejar de fusionar su identidad central con el contenido transitorio e históricamente doloroso de su comportamiento (el “yo conceptualizado” que afirma dogmáticamente “soy malo”, “estoy irrevocablemente roto”), y transciende hacia un yo que funciona holísticamente como el espacio o contexto donde la experiencia simplemente ocurre.

Las terapias contextuales devuelven la responsabilidad curativa al aquí y ahora de la sesión. El terapeuta asume el rol de una comunidad verbal reparadora, utilizando la revelación genuina y estratégica de sus propios eventos privados para moldear, validar y reforzar los auto tactos del consultante (Kohlenberg & Tsai, 1991). La validación terapéutica se erige así no como una mera técnica de rapport, sino como la búsqueda activa de la verdad inherente o la “sabiduría en las contradicciones” dentro de la disfunción del consultante (Linehan, 1993).

A manera de conclusión, la indagación sobre la naturaleza del “yo” encuentra en el conductismo radical una respuesta profundamente anclada en el rigor científico, alejándose de las ficciones de homúnculos internos o esencias preexistentes e inalterables. El “yo” emerge como una dinámica entre la biología, la historia de condicionamiento y la estructura verbal impuesta por la sociedad (Skinner, 1953). Lejos de invalidar la experiencia subjetiva, la perspectiva Skinneriana eleva la importancia de la conducta verbal (Skinner, 1957) y del tejido social que la enmarca. Las disrupciones en este proceso, engendradas por entornos severamente invalidantes, producen abismos fenomenológicos que se cristalizan en “patologías” de la personalidad (Linehan, 1993). Es precisamente sobre la base de esta epistemología que las terapias de tercera generación han revolucionado el abordaje clínico, instaurando relaciones basadas en la validación genuina y el moldeamiento en el momento (Kohlenberg & Tsai, 1991). Al adoptar esta postura de contextualismo funcional, se honra la naturaleza del sujeto como un agente situado, en cuya contingencia y lenguaje reside, en última instancia, la fluida y cambiante esencia del ser (Pérez-Álvarez, 2014).

Referencias

Kohlenberg, R. J., & Tsai, M. (1991). Functional analytic psychotherapy: Creating intense and curative therapeutic relationships. Plenum Press.

Linehan, M. M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. Guilford Press.

Pérez-Álvarez, M. (2014). Las terapias de tercera generación como terapias contextuales. Síntesis.

Skinner, B. F. (1953). Science and human behavior. Macmillan.

Skinner, B. F. (1957). Verbal behavior. Appleton-Century-Crofts.

Datos de contacto

Hector Enrique Salgado Almaguer

Cel: 8116822013

Centro Psicológico AconteSer

Licenciado en psicología por la UANL, egresado de la maestría en Ciencias con Orientación en Psicología de la Salud.

Doctorante en ciencias de la educación por el Consorcio Educativo Internacional Warden A.C.

Actualmente cursando diversas formaciones en conductismo radical.

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